El otro día uno de mis alumnos me decía que por mil ochocientos euros, él recogería gustoso tomates y pimientos en los invernaderos de Almería, aunque fuese a cuarenta y cinco grados. Y en este punto podría terminar mi artículo de hoy, porque después de eso ya qué voy a decir. Pero se han tomado ustedes la molestia de llegar hasta aquí, y claro, por cortesía me siento obligado. Aunque no sé si, por cortesía, más bien debería evitarles la turra que sigue. En fin, ya lo dijo Umberto Eco, “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”, y aquí estoy.
Este mismo alumno se ríe cuando explico que España figura entre los países con un índice de calidad democrática más alto del mundo: formamos parte del selecto club de las democracias plenas, según The Economist o el índice del instituto IDEA1, le explico. Por lo que sea, a algunos les apetecería que nuestro país fuese una dictadura bolivariana. Bolivariana no, pero dictadura sí fuimos, y un poco me acuerdo. Y lo que vivo, escucho, leo y percibo en la calle no me cuadra.
Soy por supuesto consciente de que tener una democracia consolidada no nos exime de ser un país polarizado hasta el extremo, y de tener una clase y un sistema políticos que, estos sí, nos sitúan en posiciones un poco vergonzantes en cuanto a corrupción. No estoy ciego ante los intentos de unos y otros de menoscabar la separación de poderes, la teatralización de la democracia y el insoportable nivel de violencia verbal con el que nos obsequian un día sí y otro también. Aquí, sin embargo, se pueden quemar efigies del Presidente del Gobierno, o pedir que se le cuelgue de un pino sin arriesgarse más que a una multa, y en general, ni eso. Se hacen muchas barbaridades, pero policías encapuchados no persiguen a inmigrantes sin órdenes de un juez, no detienen a niños de cinco años, y no disparan a la cabeza de quien se les enfrenta, o al menos no se ampara eso con orgullo desde el poder. Tal vez será por eso que en esos informes puntuamos bastante por encima de los Estados Unidos, a los que recientemente una Comunidad Autonóma acaba de premiar con la medalla de los 100 metros lisos en democracia, o algo así.
Se la habrán concedido, a lo mejor, porque además de tener un ministro de la Guerra alucinado por el consumo de esteroides, un presidente racista y malvado, una secretaria de interior descerebrada y nazi y una prensa que se ha rendido, en Estados Unidos Bad Bunny puede cantar en la Super Bowl.
No me gusta el reggaeton. Me crié entre armonías melódicas, rock sinfónico, rasgueos de heavy metal y canciones de cantautor, qué quieren. Y me han aburrido los análisis realizados a diestro y siniestro por periodistas a los que, en el fondo, no les pone el perreo, pero ya les ha ido bien hacer lecturas sesudas sobre la actuación profundamente política de don Benito Antonio Martínez Ocasio, resaltando su valentía. Qué cara de arrobo pusimos los españoles, nostálgicos del 98, al verlo nombrar, uno por uno, todos los países de América, qué linda su apelación al amor frente al odio. Qué impactante fue verlo enarbolando la bandera independentista de Puerto Rico, amparado por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, cuya nacionalidad ostenta.
Dice 10sigma que la NFL permitió a Bad Bunny que tocase las narices al presidente de los Estados Unidos porque el porcentaje de latinos seguidores del fútbol norteamericano es mucho más bajo que en otros deportes, como el baloncesto; su contratación podría mejorar ese ratio. Seguramente sea así. Ahora les pido que se imaginen que en España, por ejemplo, en el intermedio de la final de la Copa del Rey de Fútbol, (en la que libérrimamente se insulta sin respeto el himno) saliera al escenario Morad, un cantante español, nacido en L'Hospitalet de Llobregat. Quiero que supongan que alguien en la Federación hubiese pensado que, ya que en la final jugaba (es un suponer) Lamine Yamal, sería buen negocio contar con un artista perteneciente a la comunidad hispano marroquí, y el cuarto cantante (o eso dicen) nacional más escuchado en Spotify en España.
Imaginen que Morad no solamente destrozase los oídos de buena parte del respetable (halagando los de los más jóvenes, por supuesto), sino que nos hiciera escuchar muchas cosas que no nos gustan. Pongamos que sus canciones nos escocieran tanto como las de Bad Bunny lo hicieron en el rancio gaznate de Donald Trump. Terminen ese ejercicio de fantasía con un desfile de banderas de todos los países de los que proceden los inmigrantes en España, encabezado por Morad y otros compañeros de Trap y Drill (y no tengo ni la menor idea de lo que estoy hablando), exigiendo respeto y amor mientras enarbola la enseña de Marruecos.
Creamos en la posibilidad de que, al día siguiente, la prensa hablase de la valentía del cantante al señalar, delante de una gran audiencia, los problemas de integración de la inmigración en España, y otra lo pusiera a caldo por antiespañol y por mal músico2, exigiéndole que, si no le gustaba nuestro país, que se fuese con el autotune a otra parte. Figúrense las declaraciones de un presidente del Gobierno español echando espuma por la boca ante semejante ejercicio de insolencia, y al presidente de la Federación Española de Fútbol defendiendo su libertad de contratar a quien quiera.
Puestos a elucubrar, conjeturen que grupos de vecinos de Torre Pacheco se hubiesen organizado aquella noche de julio del año pasado para impedir que grupos de ultraderechistas, venidos de otras partes de España, se dedicasen a la caza del moro durante horas, hasta la llegada de la Guardia Civil y la Policía. Piensen que sus amigos de tertulia futbolera, por fin, no le dijeran más que Vinicius es un chico atontado y pagado de sí mismo que debería saber que los gritos racistas van con el sueldo, y que no consigue más que amplificar el ruido producido por unos pocos descerebrados. O, por último, que el alcalde de Madrid, o el ministro de Justicia, fuesen de origen colombiano, dominicano, rumano o ecuatoriano. Que el presidente de Repsol, o del BBVA descendieran de marroquíes, tras haber pasado con honores por la Universidad, y se enfrentasen a los sindicatos o a los partidos de izquierda en nombre de la libertad de mercado.
Ya pueden dejar el porro en el cenicero. Es inimaginable, sí: mi alumno está en lo cierto. Nuestra democracia aún no está completa, aunque no por los motivos que él piensa.
Nuestra historia, como ocurre tantas veces, va unos cuantos años por detrás del resto de países europeos. Concretamente, una generación. La que empleamos en enviar tres millones de trabajadores a la emigración mientras nos recomponíamos del desastre bajo el yugo de una dictadura. Ahora que somos nosotros quienes recibimos esos trabajadores, nos dirigimos a los mismos años oscuros que el resto de Occidente, a pesar de haber afirmado que éramos la excepción ibérica a la extrema derecha. Finalmente, hemos conseguido la homologación con Europa; también tenemos la memoria igual de corta.
Pero esos tiempos, en los que nosotros aún no hemos entrado, acabarán. Pienso que la oscuridad no prevalecerá; caeremos en los infiernos, pero no permaneceremos en él para siempre. La democracia, aunque enflaquecida hasta los huesos, regresará (necesariamente renovada) a los Estados Unidos, tras autoinflingirse innumerables heridas que tendrá que lamerse, y su sociedad seguirá siendo irreversiblemente multirracial, igual que la nuestra. Lo importante no es solo que Bad Bunny tuviera el valor de cantar, sino el coraje de quienes lo contrataron por razones económicas. Sin necesidad de entender ni una palabra de español, gran parte del país, atónita, lo comprendió. Es cuestión de años, o de decenios. Hará falta un desgarro violento o un masivo despertar ciudadano. Puede que yo ni siquiera llegue a verlo. Pero ocurrirá.
Algún día, es posible que aquí nos organicemos para defender al vecino indefenso o explotado, comprendamos el drama del desarraigo, o tengamos la fortaleza democrática suficiente, como sociedad, para tener verdadera libertad de expresión. Estamos muy lejos aún. Mientras tanto, la esperanza de que todo esto ocurra pasa, paradójicamente, por los Estados Unidos de América. Por aquí todavía andamos discutiendo quién recoge los pimientos, mientras esperamos a nuestro conejo malo.
Coda Musical
No es Mozart, pero me ha resultado más digerible que Bad Bunny, oigan. Venga, al Santiago Bernabéu.
Si alguien quiere toquinear en el índice, que busque por aquí. Hay diversas variables, en la imagen solo he seleccionado una.
De la misma manera que a una concejal que denuncia un acoso sexual y laboral se la acaba acusando no solo de ser una mala mujer, sino también una mala profesional.





Muy, pero que muy bueno. Gracias
Interesantes reflexiones. Y genial primer párrafo!
Gracias por compartir