Buscando una cita de Schopenhauer para este artículo, me he encontrado que una de sus frases más famosas (no diré cuál) es utilizada con asiduidad por mi suegra, de lo que se infieren dos posibilidades: o bien mi suegra ha leído al filosófo alemán, o bien este señor era, en realidad, un mero altavoz de la sabiduría popular, un influencer del XIX. Ambas son terribles, y además ontológicamente imposibles. Por ello, debe tomarse con precaución la siguiente afirmación:
«Para librarse de los defectos de los hombres, habría que dejar de ser hombre.»
A lo mejor, Schopenhauer. Pero seguramente no.
Si buscan la palabra Pluribus en esta red social, encontrarán decenas, si no centenares de análisis sobre la serie de televisión de Vince Gilligan y Rhea Seehorn. Mi contribución será, por lo tanto, apenas una combinatoria más en esta biblioteca de Babel que se rige por un algoritmo que nadie consigue todavía descrifrar. Una muestra más del impacto que esta distopía ha generado en el mundo bienpensante. Por cierto: creo que a estas altura no hago spoiler de nada, y si es así qué hace usted leyendo esto: yo me esperé a terminarla hasta poder saborear el ensayo de Edgar Cabanas, y si leyó ayer a Daniel Arjona ya tiene que saber de qué va la cosa.
Pluribus es, desde luego, un gran producto de entretenimiento, que puede ser consumido sin necesidad de hacerse grandes preguntas, gracias a la pericia habitual de sus creadores en el manejo de los tiempos (especialmente los silencios), las líneas narrativas, el periplo dramático de sus potentes protagonistas y, en mi modesta opinión, el cielo de Nuevo México. Sin embargo, el conflicto que nos plantea, la testaruda resistencia de (hasta el momento) dos seres humanos a integrarse en una mente colmena, constituida por siete mil millones de personas que han renunciado a su individualidad para compartir una experiencia vital y cognitiva común, está siendo interpretado de mil maneras diferentes.
Y bien podría ser que todas esas lecturas estuvieran equivocadas: al igual que, por ejemplo, uno puede ver en Mad Men la menguante historia de los Estados Unidos, el declive del estereotipo del macho americano o la traumática transición de un modelo de sociedad a otra, siempre existe la posibilidad de que la serie solo quisiera contarnos la historia individual del descenso a los infiernos de un hombre atrapado por una mentira. O todo a la vez, o nada de lo anterior. Con Pluribus pasa igual: tal vez solo sea una historia de ciencia ficción algo más retorcida de lo normal, pero si nos interpela es por lo que nos sugiere, no lo que nos dice. Eso es precisamente lo que la hace interesante desde el punto de vista artístico: su capacidad para invitarnos, a cada uno de nosotros, a producir una interpretación diferente. La mía es aterradora. Lamento, por cierto, que mis escasas lecturas filosóficas hayan generado en mí un acerbo de pensamiento que se parece más al sofrito de una paella que a unas reflexiones estructuradas. Pero es lo que hay:
La definición del ser humano ya no puede limitarse a la de ser el único animal con conciencia sino que, tal vez, tal vez, consista en ser el único que es capaz de imaginar la muerte. El pensamiento simbólico nos concedió el triste privilegio de comprender el tiempo a una escala más amplia que los demás compañeros de planeta. Y, aunque incluso esto debe tomarse como una escala de grados y no una característica binaria, que se tiene o no se tiene (la etología y la neurología nos descubren cada día la similitud de muchos de nuestros comportamientos y emociones con las de muchos animales), las condiciones materiales en las que vivimos y el control tecnológico producido por esa capacidad de reflexión parecen confirmar nuestra ventaja cognitiva, si no en lo social, al menos en lo material.
En esa definición se esconde, a la vista de todos, un hecho fundamental: somos animales. No solamente dotados con un poderoso neocórtex frontal capaz de imaginar, sino también con un cerebro reptiliano que nos empuja a la supervivencia y la reproducción, y un sistema límbico que compartimos con los mamíferos, responsable de generar las emociones que, queramos o no, subyacen en todo nuestro comportamiento.
El Unum que ha reemplazado a los Pluribus1 en la serie de televisión no ha renunciado a todas ellas (quiere, por supuesto, sobrevivir; siente placer, amor, miedo, alegría), pero sí le ha dado a la espalda a la ira, reemplazándola por una empatía infinita, planetaria, antinatural… aunque no imposible, al menos en el plano teórico. El beneficio de renunciar a ser humano, según los monstruos (pues lo son, en el sentido profundo de la palabra) es inmenso. Desaparecen los conflictos, se establece una cooperación universal a partir de la comprensión mutua, y el amor, la amistad y el placer se perciben a una escala inimaginable para un individuo aislado. Incluso el miedo y el dolor, multiplicados por siete mil millones, siguen siendo herramientas útiles para reaccionar en defensa propia, es decir, de todos.
Pero el precio que los Pluribus2 han pagado es gigantesco: no solo han renunciado a su individualidad, sino que han dejado de poder llamarse seres humanos. Además de carecer total y explícitamente de libre albedrío3, ya no pueden ser llamados homo sapiens, esos primates de empatía obligatoriamente limitada por el impulso de supervivencia, capaces no solo de cooperar y amar, sino también de odiar y de pensar (hasta cierto punto) por sí mismos. Son otra cosa, un engendro surgido en beneficio de un todos que tendrá que comer cadáveres mientras encuentra una solución a su problema existencial: alimentar a miles de millones de personas sin arrancar ni un fruto de la tomatera. Tal vez Vince Gillian, como mi suegra, ha leído a Schopenhauer (quien por cierto era un fervoroso defensor de los animales) y haya comprendido que nuestra humanidad tiene sus límites, pero que superarlos implica abandonarla.
¿Es, por lo tanto, Pluribus un alegato en defensa del individualismo frente al socialismo, o al riesgo uniformador que representa la globalización cultural, o el impacto devastador de las redes sociales? Yo creo que no: para mí, es un grito de terror que proferimos al llegar a la frontera de lo humano. Una mueca de miedo ante la posibilidad de que, si la vida quiere seguir avanzando, podría elegir no hacerlo con nosotros, porque hemos alcanzado el final del camino. Puede que suceda en un futuro cercano, como teme/amenaza/pronostica Daniel Arjona en su artículo. Bastarían una cuantas inyecciones de una tecnología hiperavanzada, y nos conectaríamos a una mente colmena. Para evitar comportamientos indeseados, nuestros niveles de adrenalina, dopamina, oxitocina y todas las inas se controlarían a voluntad.
O puede que tardemos mucho tiempo en hacerlo. Los guionistas eligen para conseguirlo un virus sintético de laboratorio enviado desde el espacio por una inteligencia superior. Pero bien podría ser nuestra propia creación la que, cruzada la frontera de la conciencia, llegase a la conclusión de que el único remedio que tenemos para superar nuestras limitaciones es dejar de ser nosotros mismos. Abandonando así, para siempre, al primate que se puso de pie en las sabanas africanas y, movido por el miedo a ser devorado, comenzó a utilizar toscas herramientas de piedra.
Puede parecer imposible. Increíble. No importa. Si nos miramos en el espejo, la serie nos ofrece nuestro propio reflejo a través de los ojos de Carol Sturka: una mirada tremendamente humana, iracunda, voluble, inconstante, sobrepasada por un mundo tan complejo e inmanejable. Aunque puede que nunca llegue el momento en el que las máquinas nos superen, tal vez es aún más terrible aceptar que merecemos ser superados.
Coda Musical
Lo miren como lo miren, el problema es que somos muchos. Lo dice Paul McCartney.
¿Casualmente? Esta frase está presente en el gran sello de los Estados Unidos.
Mal declinado, burro: pluribus es ablativo. Pero lo dejamos así.
Este melón hay que dejarlo para otro día, ¿no les parece?




A mí me parece que la serie no está del lado de Carol o de Manusos. De hecho Carol viene a ser casi una Karen, y no es casualidad que se pase media serie conduciendo un coche de policía. Todos sus intentos de reafirmar su independencia acaban resultando muy costosos (y poniendo de relieve su dependencia real), como la escena del supermercado. Su desprecio de la opinión ajena, especialmente la del sur global, parece una parodia de EEUU (como mencionas, "de muchos uno" , e pluribus unum, es el eslogan nacional). Hacia el final Carol se va humanizando, pero solo en la medida en que se aproxima al unum.
Yo creo que ya somos más como la masa unida, interdependientes e intercomunicados, que como Carol cree que es, y que quienes se resisten a darse cuenta, con sus fantasías de individualidad, suelen crear la mayoría de nuestros problemas.
Excelente análisis de la serie