Interludio
No pretenderán que me ponga ahora a hablar de Puigdemont con el calor que hace.
Hablando de calor: este verano (por ponerle un nombre simpático a este infierno, si no lo pasas en latitudes muy por encima de los 42ºN) me he dado cuenta de que ya no es necesario ver el estado de Whatsapp de tu vecino para saber si vota a VOX. Pongamos que te lo encuentras a las dos de la mañana. Tú estás sacando al perro, para que el animal no se derrita. Él puede estar viniendo de farra, no hay por qué preguntar. Pero si está con su mascota, es que, a pesar de todo, también tiene corazoncito. Si en ese momento de intimidad nocturna te quejas de la canícula y él te responde que es normal, que estamos en la época ¡zas! Es facha. Que recoge las caquitas, vale, pero de VOX. O peor.
De acuerdo, de acuerdo: este razonamiento es un sofisma que se llama falacia de la afirmación del consecuente. Pero 1) en julio ha hecho más calor que nunca, 2) la lista de negacionistas famosos no incluye precisamente a Melenchon, sino todo lo contrario, y 3) lo normal es que sea un hombre1 el que te diga que freir huevos en la acera es una cosa que ha pasado toda la vida. Como consecuencia, una mente débil como la mía llega a conclusiones erróneas. Les ruego me disculpen.
¿Y esto a qué venía? Ah, sí: a que estamos en verano. Y ustedes deben tener menos ganas de leer una crítica política que de atarse a una silla al sol y hacerse un maratón del programa de reformas domésticas de la familia Iglesias. Aunque quién sabe. En cualquier caso, les ahorraré el esfuerzo2.
Lamentablemente para algunos, pretendo volver a la carga después del verano (el laboral; si fuera el climatológico, no nos veríamos hasta noviembre). La política española, sin duda, nos habrá proporcionado nuevos momentos estelares de la humanidad, no se preocupen por eso. Así que aprovecharé la turra de hoy para volver a explicar algunas cosas, porque algún lector me ha hecho llegar su interpretación de mis publicaciones, y creo que merece la pena aprovechar el parón para hacer un interludio y ponernos un poquito serios. Permítanme un pequeño strip-tease ideológico.
Todo está en nuestras cabezas… y seguramente es mentira
Si alguien no lo leyó, ya dije por aquí que todas las actividades de nuestras vidas están condicionadas por la biología. Y no va a resultar ahora que la política se escapa de esa realidad. Nuestros próceres no son más que primates (con todo lo que ello conlleva) que se ponen una corbata para subir a la tribuna del hemiciclo (o a un escenario en el parque de la Ciutadella). Ustedes y yo somos los primates sin corbata que ven la televisión (o asisten arrobados al discurso del líder en el parque de la Ciutadella). Y todos, del primero al último, somos gobernados por nuestro pensamiento simbólico, que es el que nos convierte en una especie cooperativa. Nuestro lóbulo frontal es capaz de pensar en cosas que no existen, y además vincularlas con nuestras emociones. Tiene unos fallos de narices, como el de producirnos arrebatos tribales cuando alguien agita un trapo de colores, pero que funciona razonablemente bien y hace que, por ejemplo, usted no me atropelle si ve una luz roja y yo estoy cruzando a la calle. Aunque no sé bien qué hacemos a las dos de la mañana por la calle, usted3 y yo.
Los políticos son seres humanos; pobrecicos
La política (en democracia) no consiste en otra cosa que canalizar un enfrentamiento civil permanente. No lo digo yo: lo dice Politikon4. Esto va de alcanzar y mantener el poder. Diciendo burradas, medias verdades, haciéndose un vídeo montando a caballo, o financiando Cataluña con cupones ahorro del Carrefour. Lo que sea. Estas son las armas que tienen los políticos para convencernos, qué quieren. ¿No les gusta? No pasa nada: tiremos la historia de la humanidad desde que se inventó la agricultura y volvamos a empezar. Por cierto, sin teléfonos móviles en ese mundo alternativo.
Nike pone vallas publicitarias con señores cachas esforzándose mucho, y a mí los michelines no se me van aunque me compre el último modelo. Pero no se me ocurre ponerles una demanda por mentirme. Es más: me parece curioso que estemos todo el día exigiendo elevados estándares morales al comportamiento de nuestros políticos, y rasgándonos las vestiduras por esto y por lo otro; como si nosotros los cumpliéramos. Además, por alguna razón no hacemos lo mismo con las empresas, cuya misión (y me parece muy bien) es que ganen dinero, y para las que todo vale con tal de que les compremos a ellas y no a sus competidoras. Las juzgamos con criterios puramente racionales, en función del cumplimiento de sus objetivos. Pues imagínense a los políticos vendiendo peines en la plaza de un pueblo en los años 40 y verán cómo se dan cuenta de su verdadera (y humana) naturaleza. Es lo mismo, con más caradura. Pero alguien tiene que hacerlo.
Yo tenía que haber nacido en la fachosfera, pero mira, no
Dicho todo esto, uno tiene sus ideas. Por mis circunstancias sociodemográficas yo debería ser un votante conservador con banderita española colgando en el espejo del coche. Pero igual que ustedes, o Froilán y su hermana influencer, soy fruto de mi historia personal y familiar. De modo que aquí me tienen, convencido de que la socialdemocracia supo proporcionar oportunidades a millones de personas sin destruir la capacidad de creación de valor del mercado, y que gracias a ella estamos aquí, hablando de nuestras cosas. No me trago que bajando los impuestos a los ricos a los pobres les caigan más migajas de la mesa, ni chorradas neoliberales de esas. Y eso hace que, a la hora de votar, tenga mis inclinaciones. Que las siglas que se presentan representen lo que pienso… bueno, podríamos estar horas hablando de esto: dejémoslo en que de la socialdemocracia no queda gran cosa hoy. Eso sí, mi superioridad moral no me la quita nadie.
Ahora, que tampoco soy idiota
No soporto entiendo algunas de las moderneces estúpidas con las que el mundo woke nos calienta la cabeza cada día. Ni el lenguaje progre que utilizan algunos políticos (ya saben quién), que está más gastado que la imaginación del juez Peinado. Ni me gusta que me hagan tragar con ruedas de molino: en los últimos años he comido líneas rojas como para pintar la A2 de Madrid a Barcelona (nunca mejor dicho). Y qué decirles de esta lucha de trincheras, donde en vez de granadas de mano nos lanzamos memes. Pero qué le vamos a hacer. Cómo dicen en El jovencito Frankestein: podría ser peor. Sí, sí, lo han leído bien: podría ser peor.
Me sale el vitriolo por las orejas; no lo puedo evitar
Así que no, no estoy enfadado, amigo lector. A estas alturas de mi vida, cuando ya veo que poco van a cambiar las cosas, solo me queda la ironía. Eso o ponerme a sembrar calabacines en un huerto; y huerto no tengo. A David Foster Wallace, un señor muy raro pero muy listo que se quitó de enmedio en 2008, a los 46 años, esta utilización de la ironía le parecería fatal. Quizás tenía huerto.
Una vez que las desagradables realidades que diagnostica la ironía han sido reveladas, entonces, ¿qué hacemos?
David Foster Wallace
Este escritor y pensador opinaba quien la emplea “se arroga la razón de manera implícita, se coloca en un plano superior al de sus interlocutores, y se da por vencedor sin esperar a que nadie le aplauda”. Vale, esta es una de las razones por las que no está suscrito a mi blog. Mierda, ironía otra vez. Bueno, quiero decir, que algunos usuarios de Substack no les guste lo que escribo. Y lo entiendo. Yo no tengo la razón en todo lo que digo. De hecho es posible que la tierra sea plana. Mierda, otra vez. Pero miren: yo disfruto, ejerzo mi libertad de expresión mientras dure, me desahogo y de vez en cuando suelto alguna verdad del barquero con cierta agudeza. Para análisis serios ya tenemos a mucha gente buena en Substack. Ya sé que no voy a resolver el problema de la vivienda, pero ¿qué quieren? ¿Qué apueste por la “Nueva Sinceridad”? Un poco tarde para eso, amigos.
Y dicho todo esto, yo me voy a tomar un gin-tonic, que son las siete de la tarde y desde que vi The Crown me he dado cuenta de que es la mejor hora. Disfruten de lo que queda del verano y gracias por su paciencia.
Por cierto, que en el último enlace que les he dejado se afirma que los catalanes, y en especial las mujeres catalanas, son menos negacionistas que la media nacional española. Esta es la prueba irrefutable de que el procès se ha terminado.
Además, admítanlo: cuando en substack pone “tiempo de lectura: 6 minutos” y al mismo tiempo el chiringuito emite sus cantos de sirena, sencillamente no hay color. No se las den de cultos. Además ¿qué hacen leyendo substack en la playa? Por el amor de Dios.
Me acabo de dar cuenta de que en mi primer post les hablé de tú. Muy mal por mi parte. Encima de rojo, mal educado.
La urna rota, pág. 251. Politikon. Editorial Debate.




