El pásado 30 de mayo, durante la celebración del día de la Fuerzas Armadas, la bandera española cayó al suelo en el momento solemne de su izado. La magia castrense flaqueó con el accidente textil, y la cara del rey Felipe VI se tornó en una leve mueca de susto, que no pudo contener bajo el hierático saludo militar. Su cara, más que sorpresa ante el suceso, parecía mostrar un cierto fastidio por lo inoportuno de la caída. O más bien, por la oportuna eficacia de la imagen como icono de un problema mayor.
Siete días antes, algunos familiares y yo comíamos estupendamente en una Herriko Taberna (sin saber que lo era) de un pequeño pueblo de Vizcaya, atendidos por una desbordada camarera latinoamericana; la bajada de la natalidad parece también afectar a los euskaldunak. Tampoco teníamos ni idea de que en el Batzoki del PNV, situado justo al otro lado de la calle, también te dan de comer de maravilla, como si las lealtades políticas de los nacionalistas se jugasen en los fogones.
La última visita que hice al País Vasco por razones de ocio fue hace más de cuarenta y cuatro años; yo tendría dieciocho. Desde entonces, mis viajes se limitaron a desplazamientos laborales, casi todos en el día, a Bilbao y San Sebastián. Eludiendo casi siempre discusiones políticas o, en todo caso, apagando las conversaciones con la sordina de la corrección profesional. Viviendo de espaldas a una realidad que por entonces, y vista desde fuera, no parecía idílica.
El pasado fin de semana, sin embargo, tuve la sensación, como en aquellas vacaciones de mi juventud, de sumergirme en un territorio que me resultaba misteriosamente cercano por (algunas de) mis raíces familiares, y al mismo tiempo extrañamente diferente: un lugar marcado por las dificultades de una geografía bellamente endiablada y la contundencia de una identidad profunda, que marcaba claramente su distancia conmigo. Una distancia que, dentro de mí, pedía al mismo tiempo ser combatida y comprendida, como una célula propia que el cuerpo confunde con algo ajeno.
Ser (o sentirse) español, vasco, catalán, carpetovetónico o del Deportivo de La Coruña no forma parte de ninguna instrucción de nuestro ADN. Aunque pudiera existir una base biológica homogénea en comunidades aisladas en sus valles o sus comarcas durante siglos, que yo sepa esa invariabilidad genética que puede dar lugar a narices algo más grandes o a pieles más sonrosadas, no conduce, por ejemplo, a una intolerancia al gazpacho o a una mayor facilidad para bailar el flamenco1. En realidad, todas esas identidades a las que nos aferramos, lejos de ser inamovibles, han ido cambiando con los siglos (es decir, en realidad, muy poco tiempo), hasta confluir en el batiburrillo más o menos sólido en el que vivimos. Y que será, seguramente distinto dentro de otros pocos años, o sea siglos.
Sabemos, por ejemplo, que aunque los europeos nos llamaban españoles antes de que nos lo llamáramos nosotros mismos, fueron las circunstancias políticas las que acabaron configurando un reino llamado España, con adhesiones más o menos fuertes de sus reinos y naciones (como las llamaba Cervantes) en función de intereses regionales o de clase. No sería hasta el siglo XIX cuando por primera vez, en la Constitución de Cádiz, se habla de una nación política española, compuesta no solo por castellanos o aragoneses, sino por los españoles de ambos hemisferios (y vaya a preguntarles hoy a esos españoles qué opinan). Ni siquiera se habla del reino de España, sino de los “territorios de las Españas”. El liberalismo del XIX se subroga en el centralismo de los Borbones y lo perpetúa porque, abolido el poder absoluto de origen divino, necesita crear una figura simbólica (un proyecto, como diría Ortega) en torno a la cual construir un modelo de país.
Como esto no quiere ser una clase de historia, porque voy a aburrir a las gallinas, tómenlo tan solo como un punto de partida: las identidades nacen, mueren y se transforman; y sobre todo, se construyen, nos guste o no nos guste. A partir de modelos educativos, de convergencias culturales más o menos espontáneas (la televisión o el cine del siglo XX, la televisión o el cine del XXI), de la formación de mercados nacionales, intercambios comerciales y sí, también de decisiones políticas. De esta manera, unos crecieron con las ideas de Menéndez Pelayo y la pérdida de España a manos de los moros, y otros con las tesis del Memorial de Agravios (Memorial de Greuges) que la burguesía e intelectualidad catalanas entregaron a Alfonso XII en 1885. Creadas esas identidades de una manera orgánica y natural, o por el contrario mediante la imposición, los individuos de diferentes puntos geográficos hemos ido incorporando un sentimiento de pertenencia más o menos fuerte a una idea en exclusiva o a varias a la vez; nos hemos ido adhiriendo a ellas como a una malla viscosa que impregna todo lo que nos rodea: el hablar y las costumbres de la calle, el discurso mediático de nuestro entorno (capitalino o periférico), nuestras historias familiares, la educación recibida, sea esta de un signo u otro. Hasta convertirse en convicciones íntimas e inseparables de nuestro ser. Vengan del carlismo, de la Renaixença o de Modesto Lafuente, se convierten en cosas muy reales, en tanto que nos ayudan, de alguna manera, a ponernos nombre a nosotros mismos.
Ninguna de esas identidades es superior a la otra, ninguna es más verdadera que la otra, porque todas son, a su modo, falsas, como lo es toda construcción simbólica. Como dice Maria Alvarez “la gente se mueve por razones que tienen su lógica desde dentro, y tú, en su situación, con su biografía, sus preocupaciones, su capacidad intelectual y emocional y sus miedos, probablemente harías lo mismo”. Siempre he sostenido que un cachorro de la burguesía madrileña, de haber nacido en Barcelona, hubiera ido sin dudar a cortar la autovía del aeropuerto en aquellos tensos días de 2017; que, a la inversa, un joven de Sant Cugat transplantado a Pozuelo llevaría su banderita de España en la muñeca, la correa del perro y el espejo del coche. Que un veinteañero murciano, votante de VOX y desencantado con lo que ve, sería un ferviente seguidor de Aliança Catalana si se hubiese criado en Ripoll.
Así de frágiles, líquidas, contingentes, y al mismo tiempo así de robustas, son nuestras identidades: construidas a partir de ideas y cosas que solo existen en nuestras cabezas, pero que al constituirse en respuestas válidas en torno a las cuales agruparse para conferir un cierto sentido a la vida comunitaria, se convierten a veces en algo corpóreo, rocoso, y otras en algo metafísico, casi místico. No tengo empacho en reconocer que mis propias ideas políticas (incluida mi idea de España) no son el fruto exclusivo de una reflexión espontánea que nació en mi cerebro como un champiñón, sino la combinación de lecturas, legados y lealtades familiares, y una posición ante la vida que una cierta educación me ha conferido. Esa circunstancia, la de nuestro tribalismo político, ya ha sido analizada y estudiada tantas veces que no vale la pena profundizar en ella, y los políticos profesionales de todo el mundo saben cómo sacarle partido. Sin embargo, creo que nosotros, los españoles (sea lo que sea eso) padecemos una fractura adicional, otro eje divisorio: una falla emocional que no nos permite compartir un proyecto común, sino que nos empuja, desde un lado, a la imposición de la Hispania visigótica como única realidad aceptable, a pesar de las evidentes y reales diferencias identitarias; y por el otro, a la incapacidad de aceptar que, hoy por hoy, la pertenencia a un proyecto más grande es seguramente la mejor garantía de la supervivencia de la identidad local.
Escuché una vez a un colega francés decir que la identidad nacional francesa no se fraguó en verdad con la derrota de las lenguas no francesas (vasco, occitano, provenzal, bretón, alsaciano) en la escuela de la República, sino con la experiencia mortífera de las trincheras de la I Guerra Mundial, que obligó a los jóvenes de París, Rouen, Rennes y Carcassonne a compartir por igual unos horrores inimaginables. No fue la victoria, sino el sufrimiento común (en nombre de una causa espuria, para colmo) la que los unió. Nosotros, que no podemos ni debemos esperar que, como decía Ortega, sea Castilla quien lidere ese proyecto común (entre otras cosas porque Castilla, demográfica y económicamente, ya no existe como poder), carecemos de esa experiencia aglutinante. Hace ya más de dos siglos de la guerra contra los franceses y con ella, el nacimiento del ideario español; y la última guerra no sirvió, precisamente, para unirnos, aunque de ella surgiesen varias generaciones de españoles adoctrinados. Lo último que de verdad nos ha unido fue, como bien dice Santiago Alba Rico, el gol de Iniesta. A lo mejor la solución sería incluir, en algún momento de la escolarización, el aprendizaje de rudimentos del catalán, vasco o gallego en todas las escuelas de España.
Más bien va a pasar todo lo contrario. Ahora que parece evidente que el poder va a ser ocupado por una derecha algo más recalcitrante de lo habitual, conviene no olvidar que las identidades que les resultan molestas o incompatibles, por ajenas, no van a desaparecer. Como el dinosaurio, cuando se despierten, todavía seguirán ahí. Y lo mismo vale para los otros. Negar no equivale a fulminar.
Por cierto: riquísimo el rape a la parrilla, fresquísimo, que me tomé en Lequeitio (o Lekeitio, en el que con orgullo prolifera en sus calles el rótulo Euskaraz bizi gara2) aquel fin de semana, tras presenciar en sus calles la enésima manifestación para traer a presos etarras a las cárceles del País Vasco. Tuve la ocasión de hablar con la maestra asadora: la encargada de mantener las esencias de la identidad vasca en los fogones era de Cabo Verde.
Coda Literaria
Ya sé que suelo incluir una piececilla musical, pero este mes les voy a dar la tabarra con mi libro Todo lo hice por ti. Cosas del capitalismo y tal.
Anímense, que se van a divertir. Una vuelta por la España eterna y también por la efímera, en una vieja furgoneta robada. Háganlo por mí.
Como seguramente no me estoy explicando bien, Nuevas Ciencias lo explica mucho mejor en este post.
“Vivimos en vasco”.





Justamente ese el problema (bueno, si quieres llámalo una complejidad añadida). Como no nos ponemos de acuerdo en qué es España pues imagínate con el resto.
Con lo fácil que sería imaginarnos a todos desnudos...
Más de acuerdo no puedo estar, pero es que además yo me siento cómodo en esta España fluida y desdibujada. Y como manchego (identidad sin ni siquiera una comunidad autónoma completa para ella ni una provincia única tampoco, desparramada por varias), ejemplo pasado y presente de todas nuestras mezclas (iberos, romanos, visigodos, árabes, almorávides, almohades, castellanos, emigrantes, retornados, rumanos y gente del este europeo, chinos, hispanoamericanos, marroquíes, subsaharianos y, últimamente, madrileños hartos de lo guay que es la capital en el día a día), ya digo aquí algo y claro que no estoy tampoco dispuesto a comandar la unión de las Españas. Y eso que juntó con Iniesta, José Mota es quien más nos ha unido en los últimos tiempos (ambos manchegos o casi). Por algo será...