Me enteré hace unos días de que, hace algún tiempo, una persona muy allegada ofendió gravemente a mi mujer. No puedo imaginar, ni ella me quiere contar, la amargura que debió experimentar en aquel momento. Tuvo que escuchar cosas muy serias: traición, ingratitud, decepción, palabras duras provinientes de alguien a quien, en efecto, debemos mucho. Por prudencia, y temiendo mi reacción, prefirió no decirme nada, hasta que el asunto terminó por surgir en una conversación, como lo hacen las heridas que necesitan ser liberadas por la palabra. Y sí: odié. Me disculparán que no les diga a quién exactamente, ni tampoco el porqué. No es lo importante. Lo relevante es mi odio.
Como me imagino (o espero) que todo el mundo, no fui educado para aborrecer. El odio es una cosa muy seria, pues no consiste en tenerle tirria a las aceitunas o a los atascos (mis fobias favoritas), o en sentir animadversión o antipatía hacia algo o alguien: en su plenitud, implica el deseo de un mal. La inquina hacia Isabel Díaz Ayuso o Pedro Sánchez no conlleva (al menos no es mi caso) la ilusión de un rayo justiciero sobre sus cabezas o una apoplejía que los incapacite. Tiende, en general, a ser un odio abstracto, una canalización liberadora de nuestro descontento, hábilmente desviada hacia personas, ideologías o colectivos concretos. Se queda normalmente en bromas, memes más o menos desagradables, y en desapacibles cenas familiares. Es un antiguo mecanismo social que permite a los miembros del grupo, natural o artificialmente construido, identificar a los elementos del extragrupo, para de esa manera aislarlos y expulsarlos, privándolos de la consideración moral que, de otra forma, merecerían. Solidificando, de paso, la cohesión del grupo excluyente1.
Precisamente la política consistía, en teoría, en conducir esa pulsión emocional y potencialmente violenta hacia un conjunto de acuerdos pacíficos y reglas comúnmente aceptadas, que determinan el acceso al poder de colectivos e intereses diferentes. Aunque hoy, como en el pasado, prefiera tristemente apostar por la manipulación infantilizante. Asaltar el poder es más fácil separándonos en buenos y malos y jugando peligrosamente con nuestros instintos más agresivos.
Odiar de verdad, odiar a una persona conocida, trasciende esa barrera “catódica”. Ya no se detestan categorías, ideas o personajes públicos, sino que se pone huesos y carne al objeto de la aversión. Es algo corpóreo, material, duradero. En mi caso no tuve necesidad de querer producir un daño: el objeto de mi odio sufre de fuertes dolores por una dolencia crónica, así que me ahorré ese acto de la voluntad tan desagradable. Mi culpabilidad (luego volveré sobre esa palabra) se limitó a considerar su dolor como un mal merecido; mi venganza, inocua y cruel a la vez, consistió en la ausencia espontánea de compasión. Una crueldad que, estúpidamente, quedó rebotando entre de mis pensamientos, sin poder manifestarse. Por tanto, perfectamente inútil. No quiero ni pensar qué ocurre en el sujeto del odio cuando termina por inflingir daño o dolor al destinatario de su rencor.
El odio implica la cosificación de lo odiado, su reconstrucción en algo deforme moralmente que es merecedor de castigo; un objeto que se debe castigar y rechazar para proteger aquello que consideras amenazado. Busqué, por supuesto, argumentos que pudieran mitigar mi aversión: la avanzada edad de la persona que cometió la ofensa podría ser un atenuante, los demonios que la atormentan, las obsesiones que la consumen, los sufrimientos de su pasado, podrían haberla llevado sin remedio (me dije) a aquel acto irracional y desproporcionado. No me bastaron esas objeciones, al menos por unos días. Los viejos no deben ser infantilizados; los traumas pueden ser metabolizados de otra manera.
Proseguí cargando con mi odio, profundo y silencioso, durante unos días más, pero las consecuencias de hacerlo, sin embargo, fueron terribles: es posible que funcione como mecanismo de defensa, pero te acaba consumiendo, se materialice o no en palabras de rencor o en acciones de venganza. Sus beneficios son escasos y desde luego, efímeros. Si se instala de manera prolongada, consume recursos cognitivos, eleva el estrés crónico, deteriora la salud física y mental, y reduce la capacidad de experimentar bienestar.
Parece que las zonas que nuestro cerebro normalmente utiliza para construir nuestros juicios morales2, predecir el comportamiento del otro, o incluso para encender el amor romántico, son las mismas que se desactivan para dar lugar a una emoción tan negativa como esta. Incluso la oxitocina3 parece tener un reverso tenebroso. Es, por lo tanto, un ejercicio que no puede durar mucho tiempo. Así que supongo que mecanismos mentales y hormonales acabaron reconduciendo, de manera natural, mi estado de ánimo hacia un malestar que hubiera podido llamar culpable. Hay algo dentro de nosotros que nos ayuda a detener la espiral y termina por nivelar nuestros humores, y bajar la intensidad de un sentimiento que, en realidad, el odiado no llega a experimentar casi nunca y que a nosotros seguramente no nos ha aportado utilidad alguna.
Así que el otro día, sin reconciliación ni armisticio posible, pues nunca hubo declaración de hostilidades entre nosotros, con la oxitocina, la serotonina y dopamina ya en su sitio, acepté unas pastas de las manos temblorosas y ancianas de la persona que, días antes, había quedado reducida prácticamente a un ser mezquino indigno de mi respeto.
Los demonios que la atormentan, las obsesiones que la consumen, los sufrimientos de su pasado, siguen ahí, agazapados. Como los míos. Pero créanme: la compasión me hizo sentir mucho mejor que el odio.
Coda musical
Si el odio implica desear el mal a alguien a quien hemos cosificado, Sufre mamón es una canción sobre el odio. Pero más llevadero.
Peter Singer, en The Expanding Circle (1981) sostiene que la razón nos impulsa a ampliar nuestra consideración moral más allá del ingrupo. El odio es, precisamente, el mecanismo psicológico que contrae ese círculo, excluyendo a seres sintientes de la consideración moral. Para Singer, la expansión ética —la superación del tribalismo— es un imperativo racional, no solo sentimental.
Semir Zeki e John Paul Romaya identicaron un "circuito del odio" en el cerebro humano. Las regiones activadas incluyen el putamen y la corteza insular; la corteza frontal medial y giro frontal superior, y la corteza prefrontal lateral.
De Dreu, C.K.W. et al. (2010). The neuropeptide oxytocin regulates parochial altruism in intergroup conflict among humans. Science, 328(5984): 1408–1411.




Yo es que no tengo ni idea, Araceli, ya lo sabes. Simplemente cuento lo que he sentido. Mi odio afloró, supongo como respuesta a la afrenta realizada a un ser querido, como bien comentas.
Y luego, como una ola que se va, se diluyó en la cotidianeidad. Será que soy un blando y aguanto demasiado.
Gracias por tu precisión.
Comparto que no conviene simplemente reprimir ese odio. Hasta cierto punto hay que consentírselo a uno mismo. La forma de canalizarlo después, para mí, es relativizar la importancia. Odiar a alguien, suelo repetirme, es concederle demasiada importancia. Y entonces suelen aflorar los contrapesos de la compasión. Pero, como bien subrayaría Nietzsche, en esa compasión también puede anidar una forma sibilina de dominio. Compadecer a alguien puede ser acompañar su sufrimiento; pero también ridiculizar su condición con cierto desprecio y perpetuarla. La cuestión, al margen de esa ambivalencia, es sanarse. Es lo que urge. Que suficiente daño hizo en un primer momento la afrenta, la ofensa o la agresión. No siempre es necesaria la reparación. Gracias por compartir tu experiencia y deliberación.