¡Señoritoooo...!
Todavía no sé si las dotes actorales de Alberto Núñez Feijóo nos están engañando a todos, o si ya ha conseguido engañarse a sí mismo
Aunque en los tiempos que corren ser líder de la oposición es una cosa más bien facilona, no me negarán que es cansina. Llevar la contraria todo el rato sin molestarse en hacer la más mínima propuesta no requiere un gran esfuerzo intelectual, pero uno se acaba aburriendo. Además, estar enfadado permanentemente libera noradrenalina (hormona que aumenta la presión arterial y el ritmo cardíaco), dopamina y glutamato, y se da una disminución de los niveles de serotonina y vasopresina. Por eso, si te vas a subir a una peña y anunciar el apocalipsis nacional cada quince minutos, es conveniente no creerte ni una palabra de lo que dices. Por tu propia salud.
Ahora bien, cuando ya haces estas cosas a nivel profesional lo que debes tener es un don. El rey del mambo en esto es Donald Trump, al que se le atribuyen unas 30.000 mentiras durante su presidencia. Si tenemos en cuenta que los humanos, de promedio, mentimos unas dos veces al día, es de prever que la capacidad de decir barbaridades de Donald le permita, no solamente ser reelegido presidente de los EE. UU, sino del planeta Tierra y de parte del Sistema Solar; y además por aclamación. En cualquier caso, hay que reconocerle a este hombre sus dotes de actor, porque el resto lo tiene todo en contra. Y el pelo naranja es incluso lo de menos. Que ya es decir.
Bajando unos cuantos peldaños, en nuestra liga tenemos algunos campeones de reventar las máquinas de fact-checking: desde el ínclito señor del bigote que dijo aquello de los “desiertos remotos o montañas lejanas” (se ve que, vaya por Dios, ese día nadie le había dicho cuánto vino tenía que beber), a esta señora que no tuvo reparos en decir que total, si los viejecitos en las residencias se iban a morir igual, para qué gastar gasolina en ambulancias. Pasando, claro, por nuestro Presidente, que dijo que la amnistía a los indepes “no entra en la legislación y en la Constitución española” y ahora la defiende “por el interés de España y en defensa de la convivencia entre españoles”. Hay que ser más chulo que un ocho para pegar semejante viraje. Claro que con el metro noventa y tres que se gasta el mozo, yo también lo sería. Y no vayan a pensar que Abascal se cree todo lo que dice: estaría hiperventilado todo el día, con el cuello colorado como un halterófilo. Lo que pasa es que en estos últimos años pronunciar en exceso la palabra España genera altas dosis de testosterona, y se pone uno de mala leche. Pruébenlo: España, España, España. Brrrrr.
Y es que, ya digo, para esto hay que valer. Por eso me tiene intrigado Alberto Núñez Feijóo: para llevar más de treinta años en política, tiene que tener la amígdala atrofiada de tanto mentir, pero a veces tiene ataques de persona normal, y como que da penilla. La primera vez que se le gripó el motor a escala nacional fue en el balcón de Génova la noche del 23 de julio, que daban ganas de pedir a Puigdemont que apoyara su investidura. La última fue hace unos días, cuando dijo que la clase política actual era la peor de los últimos 45 años, incluido el Partido Popular.
Quien miente de forma habitual necesita dos cosas: memoria y frialdad emocional
Raquel Mascaraque, periodista especializada en psicología emocional
Esto no es nuevo. Ya dijo Estanislao Figueras aquello de “estoy hasta los cojones de todos nosotros”, pero el hombre tuvo el gesto de irse unos años a vivir a París. Feijóo se considera a sí mismo parte de la peor chusma que haya pisado jamás nuestro parlamento desde que hay democracia, pero luego se le pasa la morriña y no se va ni a Francia ni a La Coruña. Ya lo dijo él mismo: “si miento, echadme del partido. Jamás voy a engañar a los españoles. Sea dura la verdad, la contaré. Sea desagradable la situación, la describiré. No vengo aquí a engañar a nadie”. Esta afirmación, que en sí misma es un oxímoron, la pronunció hace ya casi tres años. Pero se ve que, cuando tiene esas noches agitadas que produce la mala digestión de los pactos con Vox, le regresa como un mal reflujo.
A lo mejor por eso, cuando se aferra al mástil de la Constitución (y del CGPJ) y se pone a enumerar los males que, traídos todos por Pedro Sánchez, acarrean la destrucción de España, nuestro hombre no da el tipo. Más que un arbitrista del siglo XVII o un regeneracionista del 98, me recuerda al impostado Fernando Fernán Gómez en “El viaje a ninguna parte” en la escena del rodaje de una película. Después de verla, no me lo negarán:
Hombre, don Alberto, hay que hacerlo un poquito mejor para decir estas cosas tan “delicás”. Ya sabemos que usted no se las cree, que los que le marcan la agenda y el discurso no están en montañas desiertas ni en remotas lejanas (o lo que sea), sino muy cerquita. Y que no se puede salir del guion. Pero es que se le nota mucho, necesita muchas tomas. Si le cuesta tanto, que no veo yo por qué, piense que no tiene que hacer nada más que sentarse a esperar. Yo creo que Sánchez se muere de ganas de irse de una vez a tomar unas bravas al Garibaldi, el bar de Iglesias; entre el lío en el que se ha metido él solo y la cuadrilla de monosabios que le apoyan, hace tiempo ya sabe que las habas están contadas.
Está usted siendo capaz de convencer a los votantes de bien para que vuelvan al lado bueno de la historia (aunque ojo con los jóvenes, que puestos a ser fachas prefieren al original), y hasta le van a perdonar sus deslices de juventud (quien no ha pasado algunas vacaciones en compañía de narcotraficantes, por amor de Dios). Siga así y sin ninguna duda (salvo catástrofe) va a ser el próximo presi, probablemente heredando los mejores datos económicos de Europa.
Alberto Núñez Feijóo es el político que cada mañana, ante el espejo, se remodela a sí mismo, o se le aparece Bruce Lee diciéndole aquello de “Be water, my friend”.
Xosé Manuel Pereiro
Pero cuando llegue al gobierno y se tenga que tragar los sapos de Vox (o mejor, quién sabe, los del PNV y de Puigdemont), acuérdese de Fernán-Gómez, y díganos de una vez si es un pragmático masoquista de la política o, sencillamente, otro taimado mentiroso. Que me tiene en ascuas no saber a qué atenerme.



