Lo bueno (o lo malo) de comentar noticias que han pasado hace ya varios días, es que se te van agotando las bromas, o peor, estas se convierten en presagios. Por ejemplo, yo pensaba estúpidamente cuando detuvieron a Maduro que menos mal que no teníamos petróleo en España. Digo estúpidamente porque a los pocos minutos ya circulaban los memes de los graciosillos pidiendo que enviasen a los Navy Seals a la Moncloa y se llevaran a Sánchez, siendo como somos el último reducto bolivariano (concretamente uno que ha concedido la residencia por razones humanitarias a 150.000 venezolanos desde 2018). Luego se me ocurrió hacer unas risas sobre la cara que pondrían los de Vox cuando su amo invadiera Groenlandia, pero es que a lo mejor cuando esto se publique se ha invadido, además, Bollullos del Condado, un pub en Dublín y una aldea en el Bután.
La realidad, decididamente, viene superando a la ficción: no hay más que ver el aspecto de la sala de operaciones de Mar-a-Lago, que parecía el backstage de un concierto de Camela. Solo faltaba el de Uber Eats trayendo unas pizzas. Y no solo eso: tiene más capas (la realidad, no las pizzas) que una cebolla. Esta movida venezolana ha sido, sucesivamente, motivada por el narcotráfico, el petróleo, la fortaleza del dólar, la supremacía de los norteamericanos en su hemisferio, y los papeles de Epstein. Yo me la juego por algo más freudiano: seguramente Donald Trump se orinaba en la cama cuando era niño. Y de aquellos pises, estos lodos.
En cualquier caso, la política internacional tiene una gran ventaja, y es que no tienes necesidad de fingir: cada uno va a lo suyo, es como un patio de colegio donde si te descuidas el grandullón te quita el bocadillo de mortadela. Porque tiene hambre o, sencillamente, porque puede y le da la gana. Algunos crecimos con las dos cosas, las amenazas de los brutos de la clase y con la idea clara de que la legalidad internacional no existía. Desde que nací, ha habido más de 230 intervenciones militares directas o indirectas en el mundo realizadas por los países poderosos del mundo (la palma se la lleva Estados Unidos, con 1451). Ahora nos rasgamos las vestiduras porque un estrafalario y malvado señor naranja ordena bombardeos sin orden ni concierto, rodeado de unos tipos tan chiflados, que hasta Marco Rubio parece Von Clausewitz. O sea que no hay que ponerse estupendos, solo es una cuestión de adjetivos. Los quitas, los cambias por otros algo más serios y ya estás en los setenta.
A ver si nos enteramos: en política todo, todo, pero todo, trata sobre el poder. Sobre arrancárselo de las manos a otro y después no soltarlo, cueste lo que cueste. Para conseguir o retenerlo, en el Hemisferio Occidental o en la Diputación de Cuenca, se hace lo que sea. Lo que sea, no sé si me explico. La única diferencia es que hasta hace poco, de puertas adentro, en la política nacional había que guardar un poco las formas. Lo que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt llamaban contención, en Cómo mueren las democracias. Pero ya lo dijo De Quincey, se empieza asesinando y se acaba perdiendo la buena educación. Pudor, se llamaba antes.
No nos extrañemos que, perdida la necesidad de disimular, todo el mundo eche mano de lo que puede. Para su agenda interna los norteamericanos, además de un presidente psicópata, tienen al Tribunal Supremo, y para la externa, a Pieter Thiel y a Palantir2. Para mantenerse en el poder, Sánchez tiene el BOE, RTVE, el Constitucional, a Gonzalo Miró y hasta hace poco, los votos en el Congreso. Para echarlo, Vox tiene los consejos de Steve Bannon, TikTok, el bar Casa Pepe en Despeñaperros y los gimnasios de media España; y el PP tiene al Supremo, al juez Peinado y a Ana Rosa Quintana. Ya lo dijo Aznar, que el pudiera hacer algo, que hiciera. Este sí que sabe de qué va esto: unos tienen P’Alantir, otros tienen P’alante. Menos mal que el USS Gerald Ford no cabe en el Manzanares, no les quepa duda de que lo usarían.
En eso consiste la política de verdad, aunque quieran convencernos, alternativamente y utilizando cualquier recurso a su alcance, de que somos el último reducto del “No pasarán”, o el cortijo de un Presidente que pacta con terroristas e independentistas. Todo vale, desde tratarnos como a niños pequeños hasta, lo que es mucho más grave, tratarnos como a niños pequeños. Por eso desde esta tribuna les digo, amigos lectores, que no se dejen confundir: tienen razón, somos niños pequeños.
La pelea está siendo agónica porque, por lo que sea, Sánchez no da señales de querer dejarlo, hay que ver qué mal educado, si se le está diciendo de buenas formas. Así que nos espera un añito de aúpa, ahora que además parece que se viene la trama venezolana. Total para un final anunciado, en el que Feijóo pactará no con los amigos de la premio Nobel de la Paz, sino con los incondicionales del pelo naranja, que les parece bien que se secuestre a Groenlandia o se invada a Maduro.
Él pensará que les va a dar el abrazo del oso, pero la realidad, como le ocurre siempre, superará a la ficción y le pasará por encima. Como le ha pasado al pobre Edmundo González y al pobre pueblo venezolano.
No, amigos, el islote de Perejil no cuenta.
Bueno, y un portaviones del tamaño de mi pueblo.




Buenísimo. Gracias