Overbooking en la aldea gala
Toda la Galia está conquistada. ¿Toda? ¡No! Un líder político (ponga su nombre favorito aquí) resiste al enemigo.
Esta semana ha dado pocas alegrías. Y no porque nuestros ahorros sean más inestables que las alineaciones del Real Madrid, y que por ejemplo, ayer valiesen menos que el último disco de Leticia Sabater (bueno, hablo de los que tenemos ahorros, no quiero ser clasista; seguro que hay lectores a los que esto les trae sin cuidado. Yo no tengo la culpa de haber nacido en los 60). Ni porque ya no sepa uno si asiste a un apocalipsis programado, con tal malicia que ha dejado balbuceando al mismísimo Elon Musk, o es que un tonto de los c… que no tiene ni idea de lo que hace, le ha dado al botón rojo de “iniciar secuencia de autodestrucción”, ese que sale en las naves espaciales de las películas y tienes que salir de ahí pitando porque en cinco minutos va a saltar todo por los aires. A ver si al final vamos a tener que comer carne de perros y gatos, como los inmigrantes de Ohio. Ahí dejo la idea a los de Master Chef, para que nos lo hagan llevadero.
No, lo que pasa es que me he leído estos días unos cuantos artículos1 sobre la gestión emocional de la política, he preguntado a los expertos, y me han respondido que esto es lo que hay. Que todo consiste en conseguir la atención del votante, aunque sea bailando la conga desnudo (lo novedoso sería lo de la conga, porque estos señores y señoras desnudos hace tiempo que van, solo que parece que nadie se lo dice). Que hay que despertar las emociones del personal, no sea que se ponga a razonar y la líe. Y hablamos de emociones chungas, por supuesto. O sea, asco, tristeza, miedo y rabia. Que hice teatro aficionado y de eso algo sé ¿eh? La alegría no vale ni para las campanadas de Año Nuevo, hasta para eso estamos encabronados. Por cierto, desde aquí aviso a mis hijos que las de Ibai Llanos ya no las veo más. Vaya tostón, y patrocinado por Grefusa.
En estos tiempos lo que toca, fundamentalmente, es el miedo. Como el miedo no va en general a ningún sitio, porque en vez de movilizarte te quedas en casa con el kit de supervivencia sobre las rodillas, viendo Master Chef (y sus nuevas recetas de perros y gatos: me lo acaban de confirmar), pues hay que transformarlo en enfado, un enrabietado que te lleve a la cabina electoral con los deberes hechos; digo, con la mente frita. Y para conseguirlo hay dos maneras: la primera, la clásica, es conseguir un culpable de todos los males. Los inmigrantes, Lalachús, los wokes, los catalanes (o los españoles, según donde viva usted, amigo/a lector/a), los burócratas de Bruselas, Pedro Sánchez y finalmente los delegados sindicales. Si es posible, todos juntos, que te cabreas más. La segunda es más introspectiva, como más de diván de psiquiatra: consiste en presentarse uno (el líder político, digo) como una víctima, y animar al personal a sumarse a la ofensa. Como cuando le decías a tus padres que el profesor te había cogido manía sin motivo, por un petardo de nada. Qué satisfactorio era irse a los billare sabiendo que allí, precisamente allí, el mundo no conspiraba contra ti.
Miren, por ejemplo, la aplicación del manual de la víctima que ha hecho Marine Le Pen tras su condena a cinco años de inhabilitación, y a llevar una pulsera electrónica en el tobillo durante dos. Es fuerte la cosa, lo sé; es decir, quiero decir que lo imagino, soy una persona legal. Ducharte con eso puesto debe ser un engorro: pero peor es soportar a Mario Vaquerizo en un vídeo de promoción del turismo en Madrid, y ni por esas la gente deja de venir, que está esto atestado. Hasta tal punto se ha indignado la señora Le Pen, que ha sabido presentarse ante los franceses, el mundo, Elon Musk y Donald Trump como una resistente, la víctima de un complot de Estado2. El propio Putin ha manifestado su preocupación por el deterioro de la calidad democrática en Francia, haciéndose merecedor del primer premio del Certamen Internacional del Oxímoron 20253.
El truco consiste en minimizar el delito y maximizar el agravio (sí, sí, ya sé en quién están pensando; luego me meto con ello), cometido por gente mal, “bad hombres” que no duermen pensando en cómo te hacen la vida imposible. A ver, que gastarse cuatro millones y pico de euros de la Unión Europea en sueldos para tus amiguetes está feo. Pero como dicen en El Hormiguero, “todos son iguales”, y de hecho en la Francia Insumisa y el Modem (es un partido político: no confundir con aquello que hacía ruiditos por la noche cuando los boomers nos poníamos a jugar al ordenador) también están a punto de hacer el baile de las pulseras electrónicas en TikTok (por cierto ¿se escribe junto o separado?).
Pero da igual que la abanderada de la lucha contra la corrupción sea, ella también, una corrupta: la sentencia es una barbaridad, la jueza no solo se ha excedido sino que participa en una conspiración, ya no hay independencia judicial, no hay verdadera democracia. Leches, ahora que caigo: si parece OK diario, pero en francés. OK Quotidien. Ya digo, Putin está indignadísimo.
Y oigan, esto funciona. Mucha gente en Francia está enfadada. Hasta el punto de que hay gente muy razonable como Timothy Garton Ash, que dice en un sensato artículo que a ver si la imparcialidad del Estado de Derecho puede minar la creencia popular en la imparcialidad del Estado de Derecho. Teniendo razón en lo que dice, por España que no se preocupe el señor Garton Ash, que aquí hace tiempo que ya nadie cree en ese trabalenguas.
Así que ya tenemos a Marine Le Pen convertida en un habitante de la famosa aldea de Armórica, donde un puñado de galos (auténticos, por supuesto; verdaderos franceses y tal) resiste a los embates hipócritas de un sistema vendido y corrompido, que ya no responde a los intereses de los franceses. Dicen las malas lenguas que como la buena mujer se ha puesto como Karabella cuando discute por la calidad del pescado4, está echando por tierra la estrategia de desdiabolización que tanto trabajo le había costado levantar, y que le puede costar caro. Esta apreciación es, a mi modo de ver, errónea. Pero hombre por Dios, si justo ahora lo que le conviene es mostrarse como una arpía: miren lo bien que le vino a Donald Trump que lo condenaran por no sé cuántos delitos. Cuantas más “felonies” (la palabra suena mal, no es la que ustedes piensan), más votos. Si es que la gente está con ganas de marcha, hay algo de atracción por el vacío en el ambiente. Pulsión de muerte, que decía Freud. Pues nos vamos a morir de la risa como gane esta señora. O de otra cosa.
No hace falta ser galo, por supuesto, para usar esta navaja multiusos de la victimización. Pedro Sánchez, por ejemplo, lleva tiempo intentando convencer al público de que su partido y él (bueno, él y su partido; bueno no, solo él; bueno, él y su mujer) son la aldea gala que resiste al invasor; un día es la extrema derecha, otro día es el neoliberalismo canalla, desde hace dos días, el mercantilismo canalla, y en general, todos los canallas que se puedan ustedes imaginar. La jugada, por supuesto, es inteligente, pero qué duro tiene que ser andar todo el día luchando contra los romanos, habiendo agotado hasta el último sorbo de poción mágica sin que se te vea el plumero. Y teniendo como aliados a gente que, como decían los Martes y Trece, no se sabe si han venido para hundirlo o para sacarlo a relucir. Cómo estará la cosa, que desde hace semanas solo se pone de acuerdo con la gente de los campamentos romanos del PP que lo rodean.
Feijóo quisiera también formar parte de la aldea gala, pero desde que se ha operado de la miopía se ve que le cuesta, y no sabe si está dentro o fuera. No se sabe muy bien a qué se resiste. A ver, antisistema, antisistema, no es que sea mucho. Más bien mainstream, la España que trabaja, la niña de Rajoy y todo eso. Y como solo le dan los números para gobernar con Vox, pues por las mañanas tiene que ser patriota, dejando claro que con aquellos que están con Trump no se ajunta; pero por las tardes se le olvida eso, y esos mismos señores son válidos para aprobar presupuestos en Valencia. El votante del PP, claro, se hace un lío. No saben si ahora tienen que ir con Francia en la próxima Eurocopa ¿se lo podrían aclarar? Y los de Vox, entonces, ¿se pueden quedar en la aldea o no? ¿Somos galos o romanos, en qué quedamos? ¿Es una aldea gala o Aquí no hay quien viva?

La última víctima de una conspiración política es, ya saben, Isabel Natividad. Pobre mujer: qué linchamiento. ¿Quién no ha presentado tarde unos cientos de miles de impuestos? El otro día acudió a Onda Cero a una entrevista con Alsina fue sin ventrílocuo, digo sin MAR, y le salió regulín. Qué traidor, Alsina, sacar el asunto, que no le interesa a ninguna persona de bien. Pero ella, erre que erre. La quieren “matar”. Gente mala que odia a Madrid, al Zendal, a Mario Vaquerizo y a Nacho Cano. Hombre, así mirado… Aunque supongo que esta señora sabe que si le hacen algo que parezca un accidente (fiscal, judicial, quiero decir), hay alguno en Génova al que se le va a poner la ceja como a Ancelotti. De la satisfacción.
¿A dónde conduce todo esto? Pues, con la casa sin barrer, me parece que a ningún sitio. Como estrategias de comunicación para llevarnos como borregos, pues vale. Efecto anclaje, se llama5. Puede que la gente esté comprando estos discursos, ya les digo que hay ganas de marcha, concretamente de marcha de la oca. Yo por mi parte me voy a ver la vida de Brian, para recordar qué han hecho por nosotros los romanos. No caigo ahora mismo en qué podría ser yo una víctima. ¡Ah, sí! De los arbitrajes al Madrid.
A no ser que gane el Premio Planeta, nunca voy a cobrar por leer mis cosillas. Ahora, quien quiera darme para una cerveza, pues se lo agradezco. Me he quedado seco escribiendo esto.
Por delante de grandes éxitos como “Marco Rubio, Secretario de Estado”, o “Robert F. Kennedy Jr. se preocupa por la salud”.
Referencia Boomer que los millenial deberán buscar en wikipedia.
De todo esto que comentas, creo que lo que más me ha sorprendido haa sido lo de Le Pen. Bueno, más bien ver cómo Mélenchon salía a su defensa.
Aunque sí lo pienso con calma, posiblemente ni siquiera me sorprenda. Solo me da pena, mucha pena.
Como a Salvador, a mi también me gustó las comparaciones de tu artículo.