Marx no llegó a escribir nunca sobre la obra más famosa de Víctor Hugo, pero sí sabemos que despreciaba tanto al personaje como a sus ideas. Su yerno, Paul Lafargue, el famoso autor del “Elogio de la pereza”, se atrevió a criticar1 al escritor con ocasión de su multitudinario cortejo fúnebre y entierro en el Panteón de París: “Hugo es el hombre que más ha hablado de los pobres y que menos los ha conocido”. Para ellos, no era más que un burgués oportunista que se enriqueció escribiendo sobre la pobreza mientras especulaba en la vida real2. A instancias de Marx, la Asociación Internacional de Trabajadores prohibió a sus miembros afiliarse a la Liga de la Paz y la Libertad, a la que pertenecía Hugo (junto con otros idealistas como Louis Blanc y Garibaldi).
Hay que reconocer que todos estos señores tenían bastante mala leche. Lees a Lenin y te lo imaginas tomando vitriolo para desayunar, no fuera a ser que le subiese la empatía. Me leí hace no mucho tiempo "El Imperialismo, fase superior del capitalismo" y una de las conclusiones a las que llegas es que, si quieres hacer la revolución, no hay sitio para el sentimentalismo: tienes que odiar algo si quieres destruirlo3.
No es que pensara en todo esto mientras veía (por quinta vez; lo admito, soy un freak) el musical de Los Miserables en Madrid, el pasado mes de diciembre (por cierto, Feliz Año Nuevo y todo eso). Pero ver a la gente comiendo palomitas y tomándose mojitos en el gallinero del teatro, mientras el pobre Jean Valjean se arrastraba por las alcantarillas de París llevando al BoBo (bourgeois bohème, no me interpreten mal) de Marius, me removió un poco en el asiento.
“Incluso la miseria humana, esa miseria infinita condenada a la mendicidad, le sirve a la aristocracia del dinero y de la cultura de juguete para divertirse, de medio para satisfacer su amor propio, para cosquillear en su soberbia y su vanidad
Karl Marx, La Sagrada Familia
A partir de aquí, la verdad, no tengo más que preguntas. ¿Cuál es la función del arte? ¿Para qué sirven las tragedias griegas, los dramas de Shakespeare, el dramatismo de Caravaggio, las pinturas negras de Goya o, en este caso, tres horas de teatro musical durante las que unos cuantos personajes nos cuentan, cantando, lo mal que lo están pasando? No se preocupen, que no me voy a poner estupendo hablando del pathos y esas cosas. No soy un teórico de nada, solo un señor mayor que se rasca la cabeza.
El arte es, en primer lugar, una gran mentira. Enjolras, Eponine, Fantine, Jean Valjean y Javert mueren cada noche para nosotros y después me imagino que sus intérpretes se toman una infusión con jengibre y miel para apaciguar sus cuerdas vocales. O igual se van a tomar una caña. Pero bien ejecutado, sin embargo, el buen arte lo es porque tras esa mentira (la del entretenimiento, la del alivio de saber que la vida seguirá al apartar la mirada del cuadro, o abandonar el teatro) se esconden, tras unas risas o un canto desgarrado, algunas de las terribles verdades de nuestra compleja humanidad.
Pero para digerirlas hay que entretenerse. Shakespeare fue capaz de llenar su teatro haciendo reír a su público, enternerciéndolo, provocando en él estremecimientos de miedo, de rabia o incluso de patriotismo. Seguramente no quiso transformarlo, ni provocar en él una catarsis. Tal vez solo perseguía, como también hizo Lope de Vega, ganarse la vida haciendo lo que mejor sabía: enriquecerse vendiendo trozos del alma humana.
¿Es lícito entonces atiborrarse a nachos crujientes mientras Eponine agoniza, aquietando las mandíbulas para no perturbar con sus crujidos los silencios de la melodía? ¿Se ha convertido Los Miserables en una obra banal que nos permite normalizar la miseria y la inutilidad de la revolución, mientras se nos cae la lagrimilla entre sorbo y sorbo de Coca-Cola zero? ¿Es, en fin, solamente un negocio millonario en el que hay participar porque es el musical de moda? ¿O deberíamos maldecir la poesía de quien no toma partido hasta mancharse, como decía Celaya y a menudo cita Ignacio M. Giribet?
Pues oigan, ni idea. Adoro ese musical a pesar de su mercantilización, y adoro el libro de Víctor Hugo, a pesar de sus digresiones interminables, su moralina religiosa y sus numerosos prejuicios, a menudo contradictorios. En ambos (especialmente en la novelas) hay momentos luminosos, tristísimos o emocionantes. La figura de Jean Valjean se engrandece por momentos no tanto por sus méritos ni su caridad, sino por su sentimiento de derrota, por su vida truncada y su terror a que el amor que profesa por su hija adoptiva le sea arrebatado. No me importa que Hugo no comprendiese la necesidad de la revolución: me conmueve su compasión infinita por los débiles, esa que Marx despreciaba y que me convierte a mí en un burgués que solo quiere aliviar su culpa.


Recientemente he sentido esa ternura, ese amor por los desamparados y los malditos, en un pasaje de La Península de las casas vacías, de Daniel Uclés, cuando dos niños condenados de antemano por la guerra, se deleitan con la música de Sibelius que, desde lo alto, el narrador les regala para aliviar su sufrimiento. Uclés ha ganado mucho dinero (espero) con su libro, y nadie, que yo sepa, se lo ha reprochado. Tampoco habremos de hacerlo con Sakespeare, Lope, Víctor Hugo o el dúo Schönberg-Boublil, si tras atravesar su arte, su mentira, salimos más humanos de lo que entramos. Alguien dirá que soy idiota, pero de entre los sentimientos que albergamos, prefiero la compasión a la ira de la revolución.
Soy un hipócrita, de acuerdo. Un hipócrita que sufre viendo Yo Capitán, o La voz de Hind, obras de arte (y por lo tanto, ficciones) cuyo desgarro aún no han podido ser banalizado. Porque nadie ha pensado que hacer un musical sobre los inmigrantes ilegales que viven bajo un puente de autovía en Badalona, los niños de Gaza o las víctimas de la guerra en Sudán sea una buena idea. Tal vez tengan que pasar cien años: nuestra empatía tiene sus límites. Por eso ¡ay! somos humanos.
Coda Musical
Como es Año Nuevo, hoy les voy a regalar dos piezas. La primera, por supuesto, de mi musical favorito.
Y la segunda, la música que Josito y Gonzalo, en lo alto de una loma, escucharon como caída del cielo, antes de saber que la guerra les congelaría el corazón.
La leyenda de Víctor Hugo, de Paul Lafargue (1885)
De esto nos habló mucho y bien Javier Jurado en uno de sus últimos artículos, Maximilien.




Creo que en Marx había algo de razón. Hay algo de superficialidad en consumir estas obras y que nos dejen indiferentes o nos basten. Pero estoy contigo en que el arte tiene mucho más, puede no ser siempre util o significativa, puro deleite, y también puede ejecer una función esencial para recordarnos que somos más que animales, que a la ira revolucionaria también le cabe la compasión.
Preciosa edición la del libro de tu padre.
Feliz año, Ignacio.
Hola, soy Gabriella, culpable de haberme tomado un mojito durante la segunda parte de aquel mismo Los Miserables.
Para empezar, quiero decir que puedo identificarme profundamente con tu incomodidad ante la gente que come y bebe en el teatro; a mí me pasa en los cines y en los clubes de jazz. Soy tremendamente crítica con quienes se comen una cena de tres platos justo delante del escenario. Tengo monólogos internos del tipo: «respetad a esos artistas, por el amor de Dios. Han practicado cuarenta años para tocar así y tú estás ahí zampándote una pata de ganso mientras los miras, pedazo de imbécil consumista». A veces me odio, porque puedo llegar a enfadarme tanto por estas cosas que se me hace difícil disfrutar de salir por la noche.
Precisamente por eso, cuando fuimos al teatro, volví a sentir esa inquietud habitual al entrar en estos grandes establecimientos: «¿De verdad necesitamos una imagen de marca tan colorida, carteles para hacerse fotos delante? ¿Hace falta la tienda de merchandising y varios bares? ¿Los vasos y las cajas de palomitas con el logo de Los Miserables? Incluso las propias palabras, Los Miserables, resultan completamente ridículas en cualquier objeto promocional. Estos personajes no son precisamente alegres: ¿tenemos que sacar tanto beneficio de su infelicidad?».
Pero tenía dos opciones delante: ¿iba a estar enfadada e incómoda por el comportamiento de los demás, como casi siempre, o iba a pasarlo bien convirtiéndome en una más, abrazando a la consumista sucia y profana que llevo dentro? Y eso hice. Me tomé el mojito, cogí el vaso de café que decía Los Miserables, y me gustó.
Siento que la gente de la industria hace todo lo posible para desconectarnos del arte en sí. Colocan estos espectáculos en teatros ENORMES, nos rodean de cosas que podemos comprar y masticar, le quitan lo sagrado al espacio, hacen que se parezca más a una producción de circo. Creo que el arte solo tiene la posibilidad de transformarnos, de hacernos pasar por su fuego purificador, cuando se nos permite estar a solas con él: el silencio de un museo, la quietud casi sagrada de un libro en nuestro dormitorio, la magia de ser la única persona en una sala de cine.
Para mí, lo mejor de este Los Miserables fue haberlo visto juntos en familia. Y tengo muchas ganas de volver a ver la película y releer el libro, para encontrarme en ese espacio de conexión con todo lo que es esta obra de arte. Algo que, creo, sería imposible rodeada de comedores de patatas fritas y, más aún, de quienes las venden.
Gracias por este texto tan reflexivo. Disfruto mucho de tu manera de escribir.