Hace ya muchos años un compañero de trabajo, sorprendido al conocer mis veleidades políticas (más girondino que jacobino, kerensky que soviet, azañista que largocaballerista; en su momento, sí, juancarlista y felipista), se tranquilizó a sí mismo diciéndome que no tenía que preocuparme: ya se me pasaría con la edad. Yo terminaría, como era natural, asumiendo el marco ideológico (o mejor dicho, la ausencia del mismo) de la clase media acomodada: orden, don Pelayo, colegio concertado, Sanitas, Securitas Direct, jersey sobre los hombros y, por aquel entonces, zapatos náuticos. Si han leído alguno de mis artículos anteriores se habrán dado cuenta de que la esperanza de mi amigo no se materializó, a pesar de que hubo colegio concertado, sanidad privada cuando se pudo pagar e incluso una alarma que funcionó en mi piso durante un tiempo. Y lo peor: náuticos.
Treinta años después, viendo el panorama, parece haber llegado el momento de hacerle caso a mi amigo y dejar de sufrir. La agonía de Sánchez se prolongará, seguramente, hasta 2027, pero luego vendrán unos años que se me van a hacer muy largos, y qué necesidad tengo yo de pasarlo mal. No por él, que se me entienda bien.
La verdad es que cuando me pongo a enumerar las ventajas de ser de derechas, me sale una lista interminable. Para empezar, una disciplina de voto férrea: te ponen una maceta de candidato y saca mayoría absoluta (de hecho, ha ocurrido); la corrupción de la gente del partido al que votas te importa un pimiento, lo cual siempre es una ventaja para señalar con el dedo a los ladrones chapuzas que siempre acaban surgiendo en el PSOE. En tercer lugar, abandonas la superioridad moral, que es verdad llega un momento en el que se te hace bola, porque luego sale lo de Zapatero y se te cae la cara de vergüenza. La superioridad moral, si eres de derechas, te la trae al pairo, y te puedes entregar a un relativismo delicioso: si hay pobres pues será porque no quieren trabajar y viven de las paguitas, ya dijo Milton Friedman que el Estado era una mierda y el trickle-down economics y esas cositas. Basta con no poner los pies nunca en Villaverde Bajo y ya está. Importantísimo: te pueden gustar las vacaciones en el extranjero y los coches chulos, que nadie te va a decir que eres un cínico. Por último, y muy relevante desde el plano espiritual, algo que siempre me ha llamado la atención: te chiflan todos los Papas, sean estos unos retrógrados, unos rojeras bocazas o tipos que aburren a las ovejas. Siempre, siempre, siempre, son unos tíos estupendos.
Vamos, que se vive bien y sin remordimientos, convencido de que se disfruta de lo ganado con el duro trabajo, y a tope con lo de las cervecitas en las terrazas y tal. Si las ideologías son cuentos chinos que nos contamos para orientarnos en la sociedad, desde luego que renta más ser de derechas, que no te exige gran cosa. El único problema es que si eres de Barcelona en vez del PP te tienes que hacer de Junts, y cambiar Covadonga por Rafael Casanova. Ahí te quedas un poco más colgado, no puedes hacer pachanga con los señoritingos de Sevilla, por ejemplo, ni llevar la banderita de España en el collar del perro, la muñeca, el espejo del coche, la mochila, la sudadera, la gorra y el bañador. Pero como soy del Real Madrid, pues me dije: no te líes, tú de la Ayuso.
El proceso no se presentaba fácil, desde luego: me escocían las manos al leer La Razón, y tenía que cambiar de cadena de radio si salía Federico. Quiero decir que unilateralmente, y sin ayuda, cuesta un montón. Son muchos años viviendo en el error que no se corrigen de cualquier manera, entiéndanme. Decidí entonces recurrir entonces a la ayuda de profesionales, concretamente a un neurólogo con mocasines de ante y pelo engominado, que siempre da garantía. En primer lugar indagó en mis antecedentes, para ver si había incompatibilidades insalvables. Es verdad que hay muchos exiliados y represaliados en la familia pero, a ver, tengo un tío cura fusilado en Paracuellos, un tío segundo y un hermano de Vox, un sobrino es Policía Nacional y mi madre sigue soñando a sus ochenta y muchos con tener un hijo misionero. “Hay esperanza”, dijo el doctor al oírlo.
Lo que hubiera sido un problema, me dijo el doctor, es que lo mío fuera genético, como afirmaba Vallejo-Nájera. Cuando las pruebas de ADN descartaron una degeneración cromosómica, me hicieron un doppler transcraneal. Al final ha resultado que tengo una obstrucción en la vena anastomótica superior, que conecta la vena cerebral media superficial con el seno sagital superior y que, no siendo mortal, por lo visto no te permite pensar con claridad. A lo mejor un golpe en la cabeza de pequeño, la mancheta de El País llegando a casa un fatídico día de mayo de 1976, la mala influencia de mi padre… De ahí podía venir todo.
La primera opción terapéutica consistía en introducirme un catéter intravenoso con las obras completas de José María Aznar en un microchip. Eficacia garantizada pero con contraindicaciones, no solo por lo invasivo de la intervención (como en Iraq, jajaja), sino por sus efectos secundarios: soberbia insoportable, vigorexia, gasto ingente en tinte para el pelo. La segunda, un tratamiento homeopático consistente en ver diez veces al día a Felipe González en El Hormiguero; mientras parece que dice cosas sensatas, a pequeñas dosis se te infiltra la carcundia por ósmosis. Eso lo acompañas con diez sesiones de Torrente y listo. Por razones generacionales, y porque aún le queda a uno algo de pudor, opté por la terapia del señor X. Me ofrecieron también un lote de CDs de Iker Jiménez por si quería una full alt-right experience, pero ahí ya me planté. Tampoco quiero ir todo el día con la vena hinchada.
Y oigan, estaba funcionando: los programas de Ana Rosa me parecían sosegados análisis políticos mientras que los de la Intxaurrondo se habían convertido en basura. Fui a ver Malinche de Nacho Cano, y chico, qué buena. Me pilló tarde para ver al Papa, pero me he comprado una camiseta del Real Madrid con León XIV en el dorso por 195 euracos. Hasta me parece que hace menos calor este verano y me están dando ganas de darle de collejas a los climatólogos. En fin, que se me iba abriendo un nuevo horizonte, una nueva forma de ver las cosas. Incluso me puse a pensar en algo que, pudiendo hacer, hacerlo. Casi llamo a un juez que conozco en Málaga. Y mis suegros, qué contentos se estaban poniendo mis suegros.
Sin embargo, camino de Getafe el otro día, el tren de Cercanías se detuvo en Villaverde Bajo por una avería, después de cuarenta y cinco minutos sin climatización, cosa que al consejero de Educación de Madrid le parece estupendo, pero ya les digo yo que es un infierno. Fin de trayecto y a bajarse. Cosas de la Renfe, si es que todo lo que toca Sánchez lo jode. Allí nos amontonamos cienes y cienes de pasajeros, y me vi mezclado con una multitud sudorosa que venía agotada de sus trabajos precarios (robados desde luego a algún español), y resignada a seguir recibiendo miradas condescendientes. Algún europeo había, pero en aquella estación sobre todo se apiñaban latinoamericanos, subsaharianos, familias marroquíes que venían de recoger a sus niños del colegio. Una marea humana que venía de cuidar niños y ancianos, de los tajos de las obras, de supermercados y call centers, esperando que llegara otro tren para llegar a sus pisos compartidos y cener su comida ultraprocesada. Qué quieren, al verlos allí tan callados, tan tranquilos, tan poco prioritarios, todas mis ínfulas peperas se me vinieron abajo. Me ha vuelto la cosa esa. Desde luego que no soy imbécil, y las historias de Mortadelo y Filemón que ocurren en Ferraz y en casa de los expresidentes (en plural) me siguen pareciendo una vergüenza. Pero la la vena anastomótica superior, por lo que sea, se ha vuelto a obstruir, y aquí están de vuelta todas mis contradicciones de gauche divine. Ana Rosa me repatea otra vez. Oh cielos.
He vuelto a ver al neurólogo. Tras examinarme, me ha dicho que se me ha producido una inflamación en el fascículo superior longitudinal. Vamos, que tengo fascitis mental. Lamentablemente, para esto no hay cura. Hablando de curas, me he puesto a leer un resumen de la Rerum Novarum, y el tal León XIII era un rogelio de narices. A ver si por culpa de Trump y Abascal acabo de vuelta en el redil de la Madre Iglesia. Aunque no creo.
Coda Literaria
No sé si se han enterado de que este mes acaba de salir mi libro Todo lo hice por ti.
No les quiero dar pistas, sino animarles a que lo compren. No es un completo desatino, como vienen siendo estos artículos de por aquí. Es un desatino parcial.





Menos mal que alguien se ha preocupado por explorar el viaje de la izquierda a la derecha y luego contarlo. Hasta ahora solo habíamos visto reportajes de estancia en el país de la derecha escritos por viajeros que luego se quedaban a vivir allí. Nadie había vuelto. Muy útil. Gracias
No, náuticos no.