Sergio Parra publicaba el otro día, con su pluma certera y casi siempre disgresora, un artículo sobre la inutilidad de los sistemas democráticos occidentales. Estoy, por supuesto, simplificando, pero no deja de ser cierto que por todas partes se repiten las alusiones al punto de ruptura1 civilizatorio al que nos aproximamos; algo que yo mismo, en mis textos, tampoco puedo evitar deslizar. Además, y como un canto de sirena in crescendo, escuchamos las “bondades” de un sistema político como el del PCCh que, a costa de mantener un rígido control social, ha sido capaz de sacar a China de la postración y situar al país en lo más alto. Un contrato social consistente en proporcionar un crecimiento económico sostenido y un amplio abanico de oportunidades de desarrollo personal, a cambio de renunciar a la libertad ideológica y de expresión, parece satisfacer al pueblo chino; unas élites extraídas a través de complejas redes meritocráticas gobiernan pensando siempre en la próxima generación.
Mientras tanto, en Europa y América, otras élites, estas de signo extractivo2 y con incentivos de depredación, se valdrían de la psicología humana y de un sistema presuntamente agotado para mantenerse en el poder, mediante la disminución sistemática de la capacidad de agencia de los votantes, limitados a ejercer su voto de forma periódica. Los ciudadanos, sobrepasados por la complejidad de los asuntos que compiten por nuestra atención en la plaza pública, prefieren (preferimos) revolcarse en una cochiquera de memes, batallitas culturales y zascas, y entregarse a una furibundia permanente. En esa pocilga, el famoso sistema 1 de Kahneman3 se activa en nuestras mentes disparando respuestas afectivas e irracionales que, en el mejor de los casos, nos limitamos a ratificar con el sistema 2. De ello se aprovechan los políticos que, con habilidad, delimitan el foco de la conversación y nos llevan a las urnas a depositar una papeleta que hemos elegido por razones tribales y emocionales. Después hacen lo que quieren con eso.
La culpa la tiene, afirman los politólogos, sinólogos y otros ólogos defensores de esta tesis, nuestro modelo político: desfasado, inapto, oxidado. Visto lo visto, decepcionados, los demás tendemos a concordar. Pero en realidad no hacemos más que repetir a Platón, un señor resentido con Atenas que sostenía, hace ya dos mil quinientos años, que permitir a todos los ciudadanos gobernar o votar sin tener conocimiento ni virtud era como dejar que los pasajeros inexpertos manejen un barco en lugar de a un capitán instruido. La democracia parece consistir en la lucha descarnada que unos personajes espurios mantienen entre sí a la vista de todos, con el objeto de apropiarse del aparato del Estado, mientras los graves problemas que nos aquejan (demográfico, ambiental, tecnológico, residencial) quedan desatendidos
No hay que remontarse a la antigüedad. José Antonio Primo de Rivera ya decía, hace más o menos cien años, que “la lucha ya no está planteada entre derechas e izquierdas turnantes, […] son valores incompletos y estériles. “Nada de derechas, nada de izquierdas”. No, no es Pablo Iglesias. Ni había leído a Laclau.
Sin embargo, el sistema funcionarial confucianista y todas sus cohortes de mandarines y sabios, que contribuyó a levantar un poderoso imperio, no pudieron evitar el declive de una China que quedó rezagada hasta llegar a la humillación del XIX. Y las continuas tribulaciones de las sociedades europeas, que necesitaron varios siglos de violencia para desembarazarse de sus viejas ataduras feudales, culminaron en el mayor despegue económico de la historia cuyo cénit, tras la II Guerra Mundial, supuso la época de mayor bienestar (relativo) de la historia. Todo ello, acompañado por una sustancial ampliación de derechos y libertades democráticas4 para una proporción cada vez mayor de ciudadanos. Y todo ello, a partir de seres humanos profundamente irracionales, incapaces de comprender la complejidad de las decisiones a la que se enfrentaban, y con políticos que necesitaban desesperadamente ganar las elecciones.
Desanimado como estoy (y creo que lo estamos muchos) ante la deriva actual, tengo no obstante la sensación de que somos como los peces de la famosa anécdota de David Foster Wallace. No somos capaces de distinguir el agua en la que nos movemos y respiramos (la sociedad y el sistema político del que nos dotamos para organizarla) de sus condiciones térmicas o dinámicas (la calidad de las instituciones, las tendencias macroeconómicas de fondo y los movimientos tectónicos producidos por las tecnología). No nos gusta lo que respiramos por nuestras branquias, y le echamos la culpa al agua en sí misma: nos seduce la solución radical que consiste en abandonar el medio y sustituirlo por otro. Pues buena suerte si quieren salir a respirar al aire libre.
Puede que, como afirma Parra, los mecanismos del sistema están obsoletos. Los incentivos de los políticos individuales son, y siempre serán, cortoplacistas, salvo aquellos con tentaciones autoritarias. La corrupción puede aflorar en el momento en el que más daño hace a la ya mermada confianza en las instituciones, y los a veces inverosímilies equilibrios de poder y las impensables alianzas dificultan la acción efectiva de muchos gobiernos. Pero la esencia de la democracia es, si se me permite el símil de un vehículo, la tercera ley de Newton (acción reacción) aplicada a la fricción. No sus piezas, ni el chasis, ni la electrónica y, si se me apura, hasta el motor.
Sin lugar a dudas, sus mecanismos, tal y como los conocemos hoy, están llamados a una transformación radical. Tal vez tengamos que pasar de la termodinámica y la expansión de gases al electromagnetismo, a eso que algunos llaman democracia líquida. De la misma manera que deberá hacerlo el capitalismo, al que, misteriosamente, nadie menciona como responsable del deterioro del clima social y ético en nuestros países. ¿Nos desembarazamos también de él o le exigimos un cambio profundo? ¿Arrojamos por la borda el sistema democrático, que está dejando de funcionar, entre otras cosas, porque está siendo atacado por intereses a los que, precisamente, no les interesa que funcione? Primo de Rivera, ese hombre, ya afirmó que “el ser rotas es el destino más noble de las urnas”. Y así nos fue.
Pertenezco a una generación que vivió la transformación más extraordinaria que ha vivido este país en los últimos cien años, tras el fracaso estrepitoso del último experimento democrático. Viví con ilusión aquellos años que, con todos sus matices, aportaron cambios reales y tangibles. Comprendo que otras generaciones no tengan la misma percepción. También soy consciente de que no podemos caer en la eterna cantinela de que entonces las cosas iban bien y ahora van mal, pero creo que tampoco debemos negar el éxito que aquel momento, con sus terribles imperfecciones (algunas de las cuales aún sufrimos), representó para España. Aquel proceso se inscribió, aunque tardíamente, en un momento de expansión democrática por el mundo. Corresponde a la sociedad actual volver a colocar el tren sobre sus vías, y seguramente, imaginar unas nuevas. Sin renunciar a los logros conseguidos, basados en una idea que será lo que ustedes quieran (judeocristiana, occidentalizante, eurocéntrica, paternocolonialista y heteroloquesea), pero que ha articulado Occidente: el gobierno en el que todos podemos, de alguna manera, participar. Dijo San Agustín: “decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo”5. No creo que la solución pase por renegar del sistema democrático: dudo que los mismos incentivos perversos de quienes lo dirigen estén ausentes en otras arquitecturas políticas. Es más, no creo que el control de esos comportamientos sea más fácil en esas imaginarias alternativas tecnomonárquicas. Se trata más bien de repensar la democracias, seguramente, por qué no, hasta el reseteo.
De hecho, aunque parezca una paradoja, Sergio Parra hizo una encendida defensa de ella hace un par de años. A lo mejor es que no es tan mala la cosa y no me he dejado llevar por la nostalgia.
Muy a su pesar, José Antonio Primo de Rivera es uno de los personajes de mi novela “Todo lo hice por ti”, de próxima aparición. Su muerte lo convirtió en una pantalla propagandística al servicio de un régimen que no hizo nada de lo que él decía. Bueno, lo del estado totalitario sí.
Supongo que no esperaba que, cien años después, siguiera teniendo cosas que decir desde el más allá (literalmente)
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Coda Musical
Desde luego son malos tiempos para la lírica. Pero no por ello vamos a dejar de hacer poesía.
Ceballos, Julio (2023). Observar el arroz crecer. Ariel.
Politikon (2014) La urna rota: la crisis política e institucional del modelo español. Debate.
Kahneman, Daniel (2011) Pensar rápido, pensar despacio. Debate. Lo supongo conocido por todo el mundo, pero por si acaso, la tesis de Kahneman es que nuestro cerebro se guía por un sistema mental intuitivo y rápido, que toma las decisiones en un instante, guiado por el afán de supervivencia. Ese, y no al revés, sería el jinete de nuestra mente, en la que el sistema racional y pausado solo se activa cuando su amo lo considera conveniente.
Con todos sus sobresaltos (igualdad racial y de género, luchas sindicales, conflictos armados) y matices (porque supongo que las colonias europeas en África y Asia tendrían algo que decir respecto al bienestar de sus metrópolis).





Lógicamente no soy capaz de verlo de una manera tan poliédrica como tú.
Pero quiero pensar que es mejor un recauchutado que una incineración y comprarse un neumático nuevo.
Gracias por leerme.
Pues me has hecho leer el artículo de Parra (aunque, lo admito, en diagonal).
Creo que hay un error de simplificación cuando describimos la democracia como la relación entre el conjunto de personas que ocupan el gobierno central, de un lado, y el ciudadano individual que no tiene más acción que el voto, de otro. Eso no es la realidad. Para empezar, porque de los gobiernos locales a los regionales y autonómicos, se dan niveles mucho más granulares de gobierno que sí están al pie de la información local (contra el argumento de Parra de que la democracia es cognitivamente pobre) y sujetos a la presión de una opinión pública interesada y próxima, que puede espetarles sus opiniones sin esperar a las elecciones o a una encuesta demoscópica que no va a darse. Pero, lo que es más importante, todos estos niveles se dan en un ecosistema de grupos de presión, sindicatos, medios de comunicación, profesores, colegios, asociaciones de padres e infinidad de otras organizaciones con grados variables de capacidad de influir sobre ellos.
Es decir, si pintamos una imagen artificialmente simple de la democracia (y los primeros culpables son los medios, que se pasan la vida hablando de cuatro protagonistas en lugar de mostrar la realidad de la política y la historia, que es compleja y granular), claro que es fácil compararla con cualquier otro sistema y encontrarla en falta. Pero igual que hay argumentos contra hombres de paja, Parra está esgrimiendo un argumento contra un sistema de paja: eso que critica se parece mucho a la caricatura de la democracia, pero no a su realidad. Curiosamente, lo que Parra describe el final del artículo como "inteligencia colectiva" sí se parece a la democracia real.